Los Desterrados

No sé si lo que estoy viviendo es real o simplemente una ilusión de mi propia mente. Siempre me he considerado un hombre razonable, con criterio propio, pero últimamente me siento como si estuviera perdiendo el juicio. Hace poco más de dos meses, visité la antigua ciudad de los dioses, Teotihuacán, un lugar sagrado de adoración a las entidades primordiales de México. 


Recuerdo aquel día en que visité la zona arqueológica. Estaba casi vacía, apenas unos pocos turistas se podían divisar a lo lejos, caminando al otro extremo de la calzada que conecta a las imponentes pirámides del Sol y la Luna. Al caminar, yo, por su Calzada de los Muertos, un escalofrío me recorrió la espalda y comencé a sentir un nudo en mi estómago. Una extraña sensación me provocó que la magnitud y la grandeza de las construcciones me abrumaran, haciéndome sentir insignificante y vulnerable. Traté de mantener la compostura, pero mi nerviosismo se intensificó a medida que avanzaba. 


Cuando me encontraba cerca del templo de Quetzalcóatl, el primer recinto sagrado; mientras rodeaba la citadela, pude ver una luminiscencia fluorescente y alargada, similar a una serpiente, que descendía a través del templo hasta perderse en su base. Me quedé paralizado, observando atónito aquella extraña y sobrenatural imagen. No corrí, por temor a llamar la atención de algún curioso, así que miré a mi alrededor para comprobar que yo era el único afortunado en presenciar aquel fenómeno misterioso al tiempo que me pregunté si todo esto era real o simplemente una invención de mi propia mente enloquecida.


Eran las tres con once minutos de la tarde cuando miré mi reloj, aúnque el sol pegaba con gran fuerza en ese momento, yo no era capaz de sentir calor, jamás lo olvidaré. Arriesgándome a ser descubierto por algún guardia de seguridad, me colé agachado por debajo de los tubos de protección. Justo cuando me estaba levantando, resbalé y golpeé mi cabeza contra el suelo.


Mientras perdía el conocimiento, por el lado derecho de la piramide, vislumbré de nuevo aquella luz intensa que se filtraba a través de una cavidad diminuta. Intenté arrastrarme, y poder asomarme con cautela por el orificio, tratando de ver más allá, pero repentinamente sentí una opresión en el pecho y una sensación de mareo que me hizo temblar. 


Cerré los ojos unos segundos para recuperarme y al abrirlos nuevamente, vi que la luz se encontraba frente a mi rostro, por ende se había intensificado aún más. Entonces, me sentí como flotando y me percaté de que estaba a punto de perder la conciencia. En ese momento, recordé un frasco de sales que siempre llevaba conmigo y lo saqué, lo más apresurado que mis músculo me permitieron, de mi bolsillo, tratando de abrirlo con manos temblorosas. Finalmente, no pude tomar ni un poco de las sales, mi cuerpo cedió y perdí la razón.


Al recobrar la conciencia, sentí una punzada en la cabeza y llevé mi mano al punto del dolor, notando una pequeña inflamación. Me tomó un bastante tiempo darme cuenta de dónde estaba: ya que no me encontraba en la base del templo de Quetzalcóatl. 


Recordé entonces lo que había sucedido: había visto una estela de luz que se introducía en una cavidad del templo y, de repente, había perdido el conocimiento. 


Tirado en el suelo terroso, miré hacia el cielo y un escalofrío recorrió todo mi ser al darme cuenta de que las estrellas, allá arriba en el firmamento, aumentaban y disminuían su tamaño. No era el mismo cielo que estaba acostumbrado a ver cada noche; algo extraño estaba sucediendo. Incluso la vía láctea había desaparecido del domo estelar. 


La luna, ahora más grande de lo habitual, emitía una luz despiadadamente fría y desoladora que me hacía temblar. Me pareció estar atrapado en un sueño o en una pesadilla que no podía controlar. Me sentí atrapado en un universo desconocido, un lugar donde las leyes de la física y la lógica parecían no tener sentido.


Traté de levantarme, pero mi cuerpo estaba entumecido y no podía moverme con facilidad. Miré mi reloj y me di cuenta de que este no caminaba. Se había detenido a las tres con once de la tarde. Me puse en pie y aquel escalofrío inicial se convirtió en un intenso terror. 


Me encontraba sobre un páramo desolado en el que no había edificación alguna: ni templos, ni citadela, ni pirámides. Solo una planicie poco boscosa rodeada por un río cercano al que podía escuchar pero no ver. 


La sensación de estar completamente solo en aquel lugar desconocido me hacía sentir vulnerable e indefenso. Traté de buscar alguna señal de ayuda o algún camino que pudiera seguir, pero todo lo que veía era una extensión de tierras, montes y maleza. En ese momento, comprendí que estaba perdido en un sitio inhóspito y desconocido, y que mi única opción era buscar la manera de sobrevivir hasta encontrar ayuda. Miré hacia el horizonte y vi que la oscuridad del cielo se extendía más de este, y en todas direcciones, como una cortina negra, sin un solo destello de luz. 


Lo cierto era que me encontraba en Teotihuacán, pero inexplicablemente, en ese momento no parecía ser aquel lugar en ruinas que todos conocemos. Me sentía como si hubiera viajado en el tiempo, o tal vez en otra dimensión. No sabía qué demonios estaba sucediendo, pero sabía que debía seguir adelante. 


Comencé a caminar por lo que consideré la calzada, recordando que su longitud era de aproximadamente cuatro kilómetros. Traté de medir mis pasos, abarcando un metro con cada uno de ellos para saber cuándo llegaba al final. Según mis cálculos al llegar al kilómetro 4000, estaría cerca de la base de la pirámide de la luna. El ambiente tenía un extraño resplandor. Me sentía como si estuviera en un sueño, pero al mismo tiempo, sabía que era muy real. 


Decidí seguir adelante, dirigiéndome lo más recto posible en dirección a la inexistente pirámide. Utilicé como guía el cerro del fondo, que en otro tiempo se utilizó como observatorio. Desde allí, se podía ver la salida del sol y de la luna en sus respectivos solsticios y equinoccios. 


A mi cabeza llegaron recuerdos de blasfemas ceremonias religiosas, y de sanguinolentos sacrificios humanos y de otrora seres de innombrable apariencia, que se llevaban a cabo en ese misterioso lugar, lo hizo que un escalofrío recorriera mi cuerpo. Pero no podía detenerme ahora, sabía que no estaba demasiado lejos de descubrir lo que había detrás de todo esto. 


Continué avanzando, cada vez más rápido, pues ya podía moverme con más facilidad. A medida que me acercaba a mi destino, la sensación de que algo estaba mal se hacía más fuerte. A pesar del miedo que me invadía, sabía que debía mantener la calma y actuar con pragmatismo. Contaba los pasos con detenimiento para asegurarme de que me mantenía lucido. Cuando llegué al vigésimo paso, el cielo emitió un estrepitoso rugido. 


Las estrellas que habían estado palpitando aceleradamente al ritmo de mi corazón temblaron y la tierra empezó a vibrar violentamente. Me aferré al suelo, pero fue inútil. Tras una brutal sacudida, caí de bruces al suelo, aturdido por el impacto. Durante unos momentos, todo a mi alrededor quedó en silencio, excepto por el sonido de mi respiración acelerada y el latido frenético de mi corazón. No sabía lo que acababa de ocurrir, pero algo me decía que las cosas estaban a punto de ponerse mucho más peligrosas. 


Los elementos primigenios del universo parecían desatarse en una danza salvaje de rayos, fuego, truenos y relámpagos, mientras que la tierra se retorcía y gemía como una madre que da a luz. Era como si el mismísimo cosmos estuviera en pleno parto, y de repente, de las alturas descendieron criaturas formadas de un humo negro que emanaba destellos tan intensos como la luz de la luna llena.


Por un momento vacilé, temiendo el poder que esos seres pudieran tener, pero finalmente me levanté y corrí tan rápido como pude, buscando refugio y protección de esas abominaciones que parecían ser hijos de los eones más antiguos, nacidos de las luminarias y las profundidades del abismo.


Sin embargo, mi intento fue en vano, ya que pronto me di cuenta de que no había forma de escapar de su alcance. Estaba atrapado en una oscura y peligrosa encrucijada, enfrentándome a la ira de seres que estaban más allá de mi comprensión y control.


Los seres descendían a una velocidad vertiginosa, y en un abrir y cerrar de ojos, me rodearon como una manada de lobos hambrientos acechando a su presa. Aterrorizado, grité y chillé mientras mi cuerpo temblaba de miedo, y sin control, perdí el control de mis esfínteres y mojé mis pantalones.


Pero lo peor estaba por venir: las sombras de humo, truenos y viva incandescencia platinada danzaban a mi alrededor en perfecta armonía, y al unísono emitieron un estridente chillido que no podía ser comparado a ningún sonido terrestre conocido por nuestra especie. Era como si todas las fuerzas del universo se hubieran unido para crear ese sonido ensordecedor que penetró mi mente y mi alma, dejándome temblando y aterrorizado en la oscuridad.


De repente, me vi atrapado dentro de una esfera que no parecía estar hecha de ningún material conocido por la humanidad. No era de vidrio, ni de plástico, ni de metal, ni de ninguna otra textura que pudiera reconocer. A medida que la esfera comenzó a elevarse a gran altura, intenté desesperadamente golpearla para liberarme de mi insolente cárcel, pero era inútil. El material era indestructible, y parecía que estaba diseñado específicamente para mantenerme atrapado en su interior.


Mientras la esfera seguía elevándose hacia lo desconocido, me di cuenta de que estaba completamente indefenso y a merced de lo que fuera que me hubiera capturado. Podía sentir su energía misteriosa que emanaba la enorme esfera.


Mientras tanto, las sombras de humo que me habían rodeado parecían multiplicarse a cada segundo, y pronto calculé que eran cerca de cuatrocientas. Se agruparon en grupos de trece, y luego se fundieron en una sola masa humeante y resplandeciente que se movía como un organismo vivo. 


De nuevo, el cielo y la tierra temblaron con una intensidad que parecía sacudir el mismísimo universo, y del cosmos bajaron trece seres de inexplicable forma y colosal tamaño. Su presencia era avasalladora, y sus ojos ardían como el fuego, con una mirada que parecía penetrar en lo más profundo de mi ser. De sus bocas brotaban luces cegadoras que hacían arder mi piel y quemaban mis ojos.


Me encontré atrapado en un estado de confusión y miedo, cuestionando mi propia cordura mientras intentaba comprender lo que mis ojos veían. Los seres que se materializaron ante mí eran monstruosos en su apariencia, su presencia inspiraba temor y veneración a partes iguales.


Sentí cómo mi alma era arrebatada de mí, y un terror indescriptible se apoderó de mi cuerpo. Sabía que estos seres no eran de este mundo, y que su presencia traía consigo un poder indescriptible.


Mientras los trece seres se acercaban a la esfera en la que yo estaba atrapado, sentí como si mi cuerpo fuera absorbido por la fuerza que los rodeaba. No podía moverme, ni hablar, ni respirar. Estaba completamente indefenso frente a estas criaturas de pesadilla que parecían decididas a acabar con todo lo que se interponía en su camino.


Las sombras parecían estar coordinando sus movimientos, y parecían estar a la espera de algo. Unos minutos después, la esfera en la que yo estaba atrapado comenzó a descender, y las sombras se abrieron paso hacia mí. Comprendí que estaba en grave peligro.


Conforme mi mente intentaba asimilar lo que estaba sucediendo, una verdad aterradora se apoderó de mí: aquellos seres eran los mismos dioses que nuestros antepasados lejanos habían adorado. Recordé las leyendas y mitos de la antigua tierra, y comprendí que estos seres no venían en paz. 


Habían llegado para tomar lo que les pertenecía, para reclamar la tierra como su hogar y establecer su dominio sobre ella. Construyeron sus tronos sobre aquel erial, erigidos con una tecnología incomprensible para mí, y en su presencia, la noche parecía eterna.


Mientras el cielo se iluminaba por vez primera, supe que mi tiempo en este mundo había llegado a su fin. Me encontraba en un limbo entre la razón y la locura, y mientras me preparaba para enfrentar mi destino, los primigenios habían llegado para reclamar lo que era suyo.


Después de cuatro soles destruidos por los mismos dioses que los habían creado, la tierra parecía destinada a la oscuridad perpetua. Pero en el quinto amanecer, algo nuevo surgió de entre las cenizas de las primeras criaturas abominables y bobas: los primitivos humanos.


Eran una pareja, Helil y Helam, creados a partir de maíz y barro, y ungidos con la sangre de los dioses que habían gobernado la tierra. Observé con asombro cómo se despertaban a la vida, cómo aprendían a caminar, a hablar y a pensar. Parecían estar imbuidos de una fuerza misteriosa que les permitía sobrevivir en un mundo hostil y peligroso.


Sin embargo, sabía que no estaban solos en la tierra. Los dioses seguían ahí, vigilantes y omnipresentes, observando cada uno de sus movimientos. ¿Qué destino les esperaba a los humanos ahora que habían nacido? ¿Serían esclavos de los dioses o serían capaces de desafiar su poder y tomar el control de su propio destino?


La atmósfera era tensa, el temor y la incertidumbre se palpaban en el aire. No sabía qué sucedería a continuación, pero sabía que la historia de la humanidad acababa de comenzar, y que estaba destinada a ser una historia de lucha y supervivencia en un mundo oscuro y peligroso.


Mi corazón latía con fuerza mientras observaba cómo los humanos se atrevían a robar el poder de los dioses. Bebieron de algo que les otorgó una fuerza sobrenatural, una capacidad para desafiar a los mismos dioses que los habían creado. La guerra estalló en la tierra, y los humanos lucharon con ferocidad, sabiendo que su destino estaba en juego.


Fue una batalla sangrienta y feroz, pero los humanos salieron victoriosos. Los dioses fueron vencidos y sus tronos, reducidos a polvo. Vi cómo los humanos colocaron su propio trono como amo y señor de la tierra que los había visto nacer. Su poder y su fuerza ahora eran iguales, si no mayores, que los de sus creadores.


Pero la victoria tuvo un precio. El poder había corrompido a los humanos, que habían perdido la humildad y la gratitud por lo que habían recibido. La tierra se volvió oscura y tenebrosa, y la humanidad comenzó a deslizarse hacia la locura y la crueldad.


Miré con tristeza cómo la raza humana se sumía en la oscuridad, olvidando su origen y su propósito. Sabía que esta era solo la primera de muchas batallas que tendrían que librar para mantener su poder sobre la tierra, y me pregunté si alguna vez serían capaces de encontrar el equilibrio entre la humildad y la fuerza, la gratitud y la ambición.


El poder de la bebida de los dioses fue efímero y, al poco tiempo, se agotó. Los humanos se encontraron de nuevo en la misma situación en la que habían estado antes de la guerra. Desesperados por recuperar su poder, comenzaron a buscar una manera de recrear el elixir de los dioses.


Usando la sangre de su propia raza como sacrificio, los humanos intentaron recrear el elixir que tanto habían codiciado. Sin embargo, todos sus esfuerzos fueron en vano. El poder que habían obtenido gracias a la bebida de los dioses se había desvanecido para siempre.


La desesperación y la frustración comenzaron a cundir entre los humanos. ¿Cómo podrían sobrevivir en un mundo tan hostil y peligroso sin el poder que les había permitido desafiar a los dioses? La atmósfera se volvió aún más oscura y siniestra, impregnada del miedo y la incertidumbre de los humanos que habían perdido su camino.


La humanidad había caído tan bajo, olvidando su verdadero propósito en la vida. Sabía que esta era una lección importante que debían aprender: el poder no era lo más importante en la vida. La verdadera fuerza estaba en la humildad y la sabiduría, en la gratitud y el respeto por el mundo que los rodeaba. Pero ¿serían capaces de aprender esta lección antes de que fuera demasiado tarde?


Mi corazón se llenó de tristeza y desesperación al ver la arrogancia y la ingratitud de la especie humana. Mis lágrimas brotaron sin control mientras miraba cómo los humanos me miraban con desprecio y levantaban sus puños contra mí.


De repente, la esfera en la que estaba se quebró en pedazos y caí sobre la tierra. Sentí mi cuerpo quebrarse en mil pedazos y el dolor de la muerte física. A medida que mi vida se desvanecía, vi a los humanos acercándose a mí, levantándome con fuerza inhumana y hablando en un idioma que no podía entender.


En un momento ya no sentía dolor, sentía un vacío en mi interior, un sentimiento de tristeza y odio hacia la raza humana que había demostrado ser tan retorcida y cruel. ¿Cómo podían los seres que habían sido ungidos con la sangre de los dioses ser tan desagradecidos y egoístas?


Fui arrastrado con los pies colgando, mi cuerpo sangrante dejaba un rastro de vida en la tierra de los dioses. La multitud enloquecida me llevó al trono del hombre, donde fui colocado como un animal sobre una plancha de obsidiana. El Supremo Sacerdote levantó una daga afilada de obsidiana y la multitud rugió.


Sentí el filo de la daga atravesando mi carne y abriendo mis entrañas. La mano del sacerdote apretó mi corazón, arrancándolo sin remordimiento de su atadura arterial. Vi cómo llenaba con mi sangre un grial de extraña naturaleza que habían robado a los dioses, y que ahora servía como instrumento sacrificial.


Mi vida se desvaneció mientras la multitud continuaba rugiendo en éxtasis. No había arrepentimiento en sus ojos, solo una sed de poder y destrucción. Me di cuenta de que había sido sacrificado como un objeto más, como una herramienta para sus fines egoístas.


En mi muerte, comprendí que la humanidad era más oscura y peligrosa de lo que había imaginado. Su sed de poder y su insaciable codicia los había llevado a olvidar su origen divino y a convertirse en algo que los dioses no habían previsto.


Mientras mi sangre se derramaba en el grial, sentí cómo la vida se alejaba de mí. En mi último aliento, esperé que los humanos pudieran encontrar la sabiduría y la humildad que necesitaban para sobrevivir en el mundo. Pero sabía que mi muerte no sería en vano. La verdad estaba allí, en alguna parte, esperando ser descubierta por aquellos que fueran lo suficientemente valientes como para buscarla.


No sé en qué momento todo se volvió negro y sepulcral. De repente, desperté y me encontré tirado a un costado del Templo de Quetzalcóatl, con el corazón latiendo a mil por hora. Me incorporé temblando y salí corriendo del sitio arqueológico, sintiendo que algo me perseguía en la oscuridad. 


Desde entonces, cada vez que  duermo, tengo sueños espeluznantes sobre aquel ritual y mi propio ascenso a la muerte. Esos sueños me llenan de un temor profundo y me dejan sin aliento, como si estuviera enfrentando algo que está más allá de mi comprensión. ¿Serán solo pesadillas, o hay algo más en juego aquí?


También tengo esas visiones de los desterrados: los dioses que prometieron regresar para reclamar lo que les fue arrebatado.



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